Quiero empezar este relato homenajeando a los maltratados Don Quijote y Sancho Panza que en Rivas están escondidos tras unos setos ocultos a la vista de todos menos de una persona que, incansablemente, les fotografía. Pero, en vez de ocultar el lugar del que no quiero acordarme, por cierta coquetería y sentido de la privacidad comenzaré diciendo que era un verano no demasiado caluroso de un año indeterminado entre la década de los 80 y 90. Hacía poco que mis padres decidieron mudarse a Rivas, dejando atrás 16 años de mi vida en Madrid con todo lo que ello significaba: amigos, instituto, costumbres… Pero desde el principio supe que el cambio iba a ser para mejor. Y así fue, porque aquí he creado mi familia, encontrado mis mejores amigos y amigas y, sobre todo, disfrutado de una adolescencia divertida con el deporte siempre como centro.

 

Pero aquel verano del … quiero decir, en aquel verano indeterminado  aún no había tenido tiempo de pensar en todo esto. La vida de un adolescente es vertiginosa, siempre hay cosas por hacer y descubrir, más aún en un entorno nuevo. Todavía no me había integrado en el grupo de amigos en el que empezaba a encajar, porque, con buen criterio, mis padres y yo decidimos que sería conveniente que terminara el bachillerato y el COU en el instituto de Madrid en el que estaba matriculado cuando vivía allí. Así que, durante un par de años viví con el corazón dividido, sintiendo que el centro de gravedad de mi vida iba basculando desde un barrio castizo de la capital a un barrio nuevo de la periferia de Madrid que pocos de mis amigos sabían ubicar en el mapa y, con suerte, los pocos que algo sabían describían como “el sitio que huele mal”. Cosas de la incineradora…

 

Por eso, ese verano convencí a varios de mis amigos del instituto a visitarme a Rivas. En esa época era una verdadera excusión, con “autobús de línea” incluido. Un autobús interurbano, con asientos tapizados en terciopelo rojo y que tenía cortinas correderas. Era la época del famoso conductor que se llamaba Agustín y de otro del que solo conocíamos su procedencia y todo el mundo apodaba “el gallego”. Eran uno y otro la antítesis de la conducción: Agustín, lento, prudente y seguro; “el gallego” rápido y poco paciente con los otros conductores con los que compartía la carretera. Con “el gallego” yo tengo el record de llegar a Conde Casal desde Covibar un día de diario a las 3 de la tarde: 17 minutos. Y no, no exagero nada…

 

En ese autobús llegarían mis amigos un sábado de ese verano, a eso de las 10. Fui a recogerles a mi parada, la primera en Covibar entre el vacío existencial que incompletaba el camino entre Pablo Iglesias y las primeras casas de mi urbanización. Recuerdo que venían con mochilas y pantalones cortos de montaña (boy scouts la mayoría de ellos), así que nos fuimos directamente a hacer una pequeña marcha por los cortados hasta la Laguna del Campillo.

 

Para llegar a esa zona, en aquella época había que atravesar el erial que separaba las últimas urbanizaciones hasta llegar a Los Almendros, una urbanización salida de la nada y cuyo color pardo característico al sol de la mañana evocaba imágenes de Tatooine. Y más allá, los pinos del Cerro del Telégrafo a los que el desarrollo urbanístico de Rivas les dio un buen bocado en la última década. Poca gente transitaba por allí a esas horas de la mañana, cuando el calor empezaba a apretar. En el paseo tuvimos que echar mano de las botellas de agua en más de una ocasión y las rellenamos en la fuente que había en un parquecito de Los Almendros, porque más allá no había nada para hacerlo. Por el Cerro no se veían ni perros ni ciclistas, solamente el rumor lejano de algún avión y el canto de las chicharras. Una vez allí, bajamos por una de las torrenteras tan abruptas que la erosión del agua había marcado en las laderas que bajan hasta el río Jarama para ver el primer hito de nuestro recorrido: un Simca 1000 abandonado y oxidado que alguien había arrojado hasta allí. La carrocería tenía marcas de perdigonazos como si los cazadores de la zona se hubieran ensañado con él. En su interior, mudas de serpientes lo hacían aún más misterioso a aquellos ojos adolescentes. Pero solo era el principio. Un poco más abajo, a la vuelta de un teso yesífero se llegaba a una torreta de alta tensión abandonada, desde donde se tenía  (y se tiene) una magnífica visión de la vega del Jarama. Mejorada, Velilla, Torrejón y, a lo lejos, el Gurugú. En los días claros se podía ver la parte alta de Arganda y las chimeneas de la cementera. Bajando por una cuesta se llegaba a unas higueras que tapaban unas escaleras de ladrillo. Por ahí se podía bajar a una explanada a la sombra de un pequeño bosque de ribera, artificial me temo, lleno de sombra y mosquitos.

 

Subimos de nuevo y retomamos el sendero que bordea los cortados junto al río. Este camino ya no lo podríamos repetir ya que desde entonces ha habido varios desprendimientos y queda interrumpido. Pero era un paseo interesantísimo donde podías ver las aves que anidaban en el farallón yesífero. Pero antes de ir a la Laguna, había que pararse en un sitio aún más interesante. El verano anterior, en uno de mis paseos exploratorios en solitario, había descubierto un sitio curioso, del que emergían fumarolas de metano que a veces se incendiaban. Aún no había descubierto su origen, y me enteraría mucho tiempo después de que eso era el vertedero de Autocampo, que estuvo en funcionamiento durante once años (1967-1978) y que acogió los residuos dell Ayuntamiento de Madrid, de forma incontrolada, directamente sobre el terreno natural, rellenando vaguadas, generando seis zonas de vertidos. Los residuos llegaron a ocupar una superficie de unas 80 hectáreas y alcanzaron un volumen de casi 5.000.000 m3, lo que supone 8 millones de toneladas de basura. Toda esa mierda estaba debajo de mí fermentando, y sus fluidos pestíferos (lo que se llaman lixiviados) contaminando los acuíferos y las fuentes de Rivas, como el famoso manantial de Capa Negra.

 

Mis amigos, literalmente, alucinaron. Fumarolas aquí y allá, restos aflorando por todas partes, diez años de la historia de Madrid resumida en su basura: botellas, electrodomésticos, zapatos… La tierra emanaba calor, y no por el sol que empezaba ya a ser inclemente, sino de la lenta combustión de los residuos apenas soterrados bajo una capa de escombros. “¡Es flipante! ¡Vaya sitio al que te has venido a vivir!”, me dijeron.

 

Muchos años (¡ay!) después, el Ayuntamiento de Rivas se decidió a hacer una macroinversión para limpiar ese vertedero, que amenazaba la salud y el desarrollo urbanístico del municipio. El resultado fue un proyecto de descontaminación que se ejecutó entre 2004 y 2007, y terminó con la extracción  de 6.000.000 m3 (entre residuos, suelos contaminados y rellenos seleccionados) que quedaron sellados en  dos celdas. Con ello se consiguió que  la Comunidad de Madrid declarase que el suelo había dejado de estar contaminado.

 

La única huella visible que queda de ese recuerdo de mi adolescencia es un auditorio, el Miguel Ríos, surgido de un lugar inhóspito y peligroso. Esa es la historia de nuestro recinto ferial, tan controvertido.

 

 

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